Con Antonio Escohotado en su Ibiza privada

Muchos éramos los que esperábamos conocer con más detalle esta parte de la vida de don Antonio de sobra conocida pero escasamente contada.

Mi Ibiza privada (Espasa) es el primer texto autobiográfico de Escohotado que narra, con un estilo fresco, casi mediterráneo y veraniego, su travesura ibicenca. Antonio nunca ha perdido ocasión de convertir su paso por la cárcel en lo que Baroja llamaría una “anomalía clásica” en España. Hoy sería impensable. Y más,  llevar a la cárcel el apellido Escohotado tuvo un coste personal y familiar que, por la naturaleza optimista del personaje, no se ha tenido nunca la tentación de dramatizar.

El libro tiene un añadido que gustará a los coquetos del papel: una edición en tapa dura, con una cubierta bellísima y un álbum de fotos en el interior a modo de fotograma de lo narrado.

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No es la cárcel -¡ni las drogas!- o no es solamente eso. Mi Ibiza privada es un delicado elogio a la vida rural y a la familia.

Charlamos una tarde. Ya nos conocíamos. Algunas cervezas y tertulia hemos compartido, para mi fortuna. No puedo sino abordarlo con la ternura que me despierta. Casi tan fuerte ésta como la admiración.

De Escohotado siempre impresiona la facilidad para abrir posiciones. La misma facilidad tiene para deshacerse de ellas. Es un mujeriego de la posición. Su vida entregada al estudio, al pensar y a la traducción, le han convertido en un río por el que nunca pasa la misma gota de agua. Sólo un genio puede hacer esto sin caer en la fragilona equidistancia o en la enloquecedora relatividad intelectual. Su cauce lleva una corriente por la que es agradable navegar.

P: Leo su libro y pienso que ha acabado siendo usted maestro de sí mismo.

R: Para nada. Uno aprende y cada cual va guiando su vida y eligiendo a sus maestros.

P: ¿En sus “excursiones psíquicas” ha alcanzado alguna vez la sensación de descubrir una verdad absoluta?

R: Pues sí, diría que más de una vez. Sobre todo en una actividad muy concreta, la del saber. O sea, quitarle el velo de ignorancia que las cosas llevan puestas antes de que nosotros nos pongamos a investigarlas. Esto puede considerarse incondicional y, por lo tanto, absoluto. Date cuenta que “absoluto” viene de “absuelto”. De qué está absuelto lo absoluto, pues de demostrarse a sí mismo.

P: Si abrimos una brecha espacio-temporal para irnos a su Ibiza privada… ¿nos iríamos?

R: Hombre, yo soy muy respetuoso con las brechas del tiempo. Ahora me daría algo de pereza y de vergüenza hacer algunas cosas que hacía con aquella edad. No me veo tocando rock and roll mediocremente o sacudiendo camas como un loco. Pero lo recomendaría a gente joven, aquella Ibiza era un crisol. Un aprendizaje continuo de idiomas, culturas y aventuras.

P: La Droga… (me interrumpe: “… la policía y la trampa. Vaya historia. Aquello lo escribí a mano en una celda y sin apenas luz”). (Sigo) ¿Nos drogamos para dejar de ser lo que somos o para dejar de estar como estamos?

R: Para lo segundo al 100%.

P:  Por qué ese artículo de 1983 en El País le convirtió en intocable dentro de la prisión.

R: Don Vicente, el alcaide, es quien viene a traerme el artículo y me dice “¡enhorabuena!”. Tenerle de mi parte me hizo intocable físicamente durante mi estancia allí.

P: Me conmovió su “Carta a la madre de un toxicómano”. Cuesta explicar que un uso racional de las drogas es posible. En cualquier caso, dice usted que le ha caído el sambenito de “el de las drogas”. Le pregunto: ¿ese sambenito se lo han puesto por la pena de cárcel como narcotraficante o por consumidor habitual y confeso?

R: Me temo que el sambenito de “el de las drogas” me cayó más bien por ser consumidor. Hay episodios conocidos donde he hablado abiertamente de algunas cosas que luego tal vez hicieron que aconteciera lo que tenía que acontecer.

P: Hoffman, usted y la LSD.

R: Lo que cuento en el libro es tal cual. Todo lo demás tendría que ser off the record.

P: Sus hijos han convivido con la droga y no tiene usted ninguno toxicómano.

R: Ninguno. Es que yo les pondría en ridículo si lo hacen.

P: Le preguntaba por Hoffman porque en “Retrato de un libertino” cuenta usted unos pasajes envidiables, maravillosos, junto a Ernst Jünger y Hoffman.

R: Qué dos sabios. Han aportado mucho a mi vida.

P: Hablamos de unas memorias donde una de las palabras que más se repiten es “Amnesia” (ese Taller del Olvido). Impresiona un poco que cuando las cosas se pusieron muy feas reaccionó usted como un agente de inteligencia adiestrado. ¡Qué templanza! Me recordaba usted a Emerson y eso de que ahora somos soldados de salón, de los que rehúyen “las abruptas batallas del destino donde han de brotar las fuerzas”.

R: Me planté en Argentina con una orden de busca y captura en medio de todo el follón. Pero sí, un toque tiene el asunto. ¡Aunque sin tiros! También te digo que lo pasé muy mal. Hubo momentos de vacilación mía nuclear en los que pensaba “coño, qué mal me porté con mi familia. Les dejo ahí… me cago en la leche”.

P: Entremos en Amnesia. Dijo usted que en una visita reciente aquello ya poco se parecía a lo que creó. Sin embargo, yo tengo algún amigo radicalmente escohotadista que me cuenta que durante muchos años Amnesia ha seguido manteniendo el espíritu. Me habla de “esos amaneceres en la Terraza durante el cierre, cuando ya sólo iban quedando los ibicencos y los trabajadores de temporada. La comunión ácrata y religiosa, la ceremonia del baile, la felicidad”.

R: Me alegra muchísimo esto.

P: Creo que Mi Ibiza privada es, sin pretenderlo tal vez, un elogio a lo rural. Aprovecho y le pregunto por un tema que estuvo muy manoseado durante la campaña electoral, aquello de la España Vaciada. ¿Cómo se defiende la España Rural? Yo, personalmente, no creo que sea tan fácil llenarla con bajadas de IRPF y fibra óptica.

R: ¡Ni con subvenciones! Yo hablo de los placeres que son específicamente rurales. Mucho monte a tu alrededor, muy poca presencia humana y sacándote las castañas del fuego con cierta incomodidad; pero al tiempo lo que se consigue es una luz inusualmente cálida. Una chimenea en el campo es algo especialmente hermoso. Me gusta el campo porque siempre que sales hay algo nuevo, está vivo. Y también me reconforta el interior de las casas; fuera hay intemperie y el ambiente dentro de casa se torna deliciosamente acogedor. La vida rural hoy en día puede ser una aventura de retirada. De disfrute de esos placeres. Una bocanada de salud en términos orgánicos. Yo es que, además, debo ser especialmente rural. Es el alma de mis abuelos, bisabuelos y tatarabuelos. Todos somos de Galapagar.

P: En su libro, en su vida… el amor es un patrimonio común, colectivizado, anárquico… Ahora parece que vivimos cierta apología de la soledad. El contraste con esa Ibiza que nos trae usted ahora a la memoria en la que las familias viven unas con otras y andan rodeados de niños…

R: Ha habido tanta comodidad en los últimos 30 años, que la parte esta de la vida que prácticamente te la ganas como un desafío, toda se ha borrado. Los sentimientos son distintos ahora, barren para casa… sin darse cuenta de que nunca vamos a hacer algo más bonito que reproducirnos. Mi vida está centrada en la obra que decidí hacer, pero reconozco que mis hijos valen mucho más que mi obra. Su mera existencia, la posibilidad de que tengan hijos, de que algunos de ellos, o muchos, sean grandes hombres.

P: ¿Puede mejorar la sociedad sin mejorar el hombre?

R: Es difícil mejorar más de lo que hemos mejorado. Internet solamente ya es el remate del remate.

P: ¿ No le preocupa a usted que la innovación tecnológica sea más importante que la prudencia?

R: La innovación tecnológica es la prudencia. Todo lo que estamos haciendo en este mundo es darle minutos a la técnica para que siga ayudando al hombre.

P: Yo no soy tan optimista. Creo que no estamos tan bien como los cánones del progreso indican. No a nivel material, por supuesto. Hablo de una dimensión más emocional y moral.

R: Bueno, eso que dices yo también lo veo hace tiempo. Me recuerda a aquel filósofo francés que instruía a Camus y le decía que “estamos ya en un zoológico confortable”. Esto es lo que le va al 99,9% de los seres humanos. Pero la situación es inmejorable para que el que quiera escapar de ese zoológico pueda hacerlo si quiere.

P: El libertarismo suyo en esa Ibiza yo lo veo como una travesura.

R: Totalmente. Una completa travesura pero muy formativa, porque no la haces de niño, no perjudicas a nadie y tú te enriqueces moral e intelectualmente. Lo que me gustaba de la tribu hippy es que sabíamos que no era una secta ni que era de por vida. Todos lo hicimos como un placer. Y asumíamos las consecuencias.

P: Me gusta pensar que el nuevo bohemio hoy es el conservador. Qué filosofía política está cuidando y preservando los valores de Occidente.

R: La democracia liberal, sin duda alguna. Claro que el liberalismo a veces se pasa siete pueblos, lo toman como el supremo yo. Esa idea que emana de Ayn Rand, pero que en otras muchas me parece acertadísima.

P: Yo creo que Escohotadismo significa vida entregada al estudio, a la práctica del hedonismo con buen espíritu y del estoicismo por autorregulación. Eso de que no hay libertad sin responsabilidad.

R: Muy bien. No le pongo un pero ni le añado nada.

P: Cuenta Steinhardt en “El diario de la felicidad” que la cárcel es un lugar privilegiado para una conversión espiritual (en su caso fue hacia la Fe Cristiana). Salvando las distancias, Steinhardt era un judío encerrado, forzado y torturado durante la IIGM, usted también salió de la cárcel algo transfigurado. Regenerado a nivel interior.

R: Lo fundamental es cumplir con el oráculo. El oráculo te dice “conócete”. Luego viene la elocuencia de Sócrates para insistir en ello. Y el abrirse al resto. En el momento en el que das estos saltos es una auténtica metamorfosis.

P: Por último, me gustaría que me hiciera una cortísima Playlist. Ya en el libro aparecen grupos, personajes, canciones, películas… al lector le acompaña una experiencia sensorial a todos los niveles. También quisiera la dieta farmacológica (aunque dice que no la publicará en vida).

R: Lo primero que se me viene a la cabeza es esta obra maestra de Clint Eastwood que es “La Mula”. Qué película. Qué maravilla.

 

Ahora me pregunta él:

Escohotado: El último capítulo del libro, donde me desnudo a lo bestia y aclaro mi relación con el ácido (LSD) y mi época de ontología, de construcción de “Realidad y sustancia”, ¿qué te pareció?

Yo: He de decirle que este capítulo lo leí como quien lee ficción. Yo nunca he “viajado” a esas dimensiones psíquicas. Es, además, una prosa que cambia completamente con respecto al resto del libro, más lírica, oscura, profunda… ¡Es que le han salido a usted hasta versos!

Escohotado: Me has complacido, ahora me entero de cuál puede ser una lección frecuente en el lector y habrá diferentes reacciones entre aquellos que sí hayan tomado ácido.  Será interesante conocer los distintos viajes de cada uno.

 

Seguimos, cada uno prosigue su viaje. Él vuelve al estudio. Yo a preparar la cena. Igualmente un sabio y una madre ama de casa viajan psíquicamente varias veces al día en transportes diferentes. La suerte es encontrarnos. Y como dice Cervantes, “que Dios te dé salud y a mí no me olvide”. Eso, don Antonio, eso deseo para usted.

 

 

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