El hipnotizador de Feria 

Todos los pueblos (o casi) tienen su grupo de música popular. El nuestro debía ser de los mejores, o de los más baratos, por eso nos llevaban a todas partes a tocar parrandas con seguidillas, folías y polcas picantonas.

Un verano nos llevaron a Las Galletas (Tenerife). Hicimos lo nuestro: un grupo de toque de 30 personas y otro de baile de 20 dejamos loquito al personal con nuestra purita y jovial canariedad. 

Al terminar la actuación nos dejamos ver por la feria. Entre todas las atracciones, los más jóvenes nos vimos tentados de entrar en el show de un hipnotizador. Tenía que pasar: el señor miró hacia el final de la sala y vio a un puñado de jóvenes vestidos de campesinos del siglo XIX y sombreritos de pita con un lacito rojo a un lado. Enaguas que sobresalían bajo la falda y polainas en las piernas de los chicos. Quién iba a resistirse a subir a esa banda folclórica al escenario. ¡La envidia de Tony Kamo!

Nos invitó a subir a unos cuantos. Allá fuimos… para ser hipnotizados en un escenario de la feria de las fiestas populares de Las Galletas. Una mezcla de “Sueño de una noche de verano” y “Sé lo que hicisteis el último verano”. Bucólico y tétrico a partes iguales.

El hombre empezó por mí. Me hizo un masaje en la frente y luego me miró fijamente. Aquello no pintaba divertido, la verdad; era acojonante (con perdón).  Me dijo que cuando contara hasta 3 estaría dormida. Yo estaba muy preocupada, necesitaba más tiempo, tres me parecía poco para abandonar mi estado consciente. Dijo “tres” y me echó la cabeza hacia atrás con un golpe seco, violento. Y siguió con su siguiente víctima después de recibir una ovación de un público entregado. Nos iba hipnotizando a gran velocidad. Debía ser extranjero.

Ahí estaba yo. Sentada en una silla y con la cabeza totalmente echada hacia atrás sin apoyo alguno. Me dolía el cuello una p-a-s-a-d-a. Yo me preguntaba a mí misma si estaba hipnotizada. Si lo estaba, por qué me dolía tanto el cuello. Y, sobre todo, por qué podía preguntarme si estaba hipnotizada.

No pude aguantar más. Levanté la cabeza. Y el público, traicionero, me señaló y empezó a gritar “¡está despierta, está despierta!”. Yo cerré los ojos rápidamente pero el hipnotizador llegó hasta mi silla antes de poder disimular que la cabeza se me había movido sola. “Vaya, vaya, una chica nerviosa. Lo volveremos a intentar.” Entonces aproveché para decirle bajito si podría echarme la cabeza hacia delante porque me dolía el cuello. Y así lo hizo. 

Me quedé, de nuevo, “hipnotizada a la de tres”. Pero ahora con los ojos hacia el suelo. Qué alivio. Ese estiramiento cervical me salvó la vida o de una hernia. El público me dio una segunda oportunidad con un efusivo aplauso. Quise dar, en ese momento, lo mejor de mí. Intentaba que no se me notara ni respirar.

Me seguía preguntando si estaba hipnotizada. Escuchaba al público reírse de las instrucciones que el hipnotizador iba dando a mis amigos. Mientras me agobiaba pensando qué me pediría a mí, escuché una voz que sonaba agonizante. Como un soldado moribundo.

Abro medio ojo y miro al suelo. Era mi amigo Iván. Estaba acostado boca arriba en el suelo del escenario (a él no le tocó silla. Al parecer, fue el número de hipnosis más arriesgado. Lo hizo caer al suelo de un golpe en la frente). 

_ ¿Yanire? ¿Estás despierta?

_ Creo que sí 

_ Y yo también 

_ Qué haces en el suelo 

_ No sé pero tengo frío, joder 

Y ocurrió lo inevitable. Se me escapó una carcajada. 

El público me volvió a denunciar a gritos: “¡Está despierta!”

El hipnotizador, fingía, pero maldita gracia le hacía. Me pidió que abandonara el escenario. Al público le explicó que hay personas muy nerviosas que requieren otros métodos. Escalofríos.

Bajé por la escalera central en dirección al público. Recogiéndome las enaguas para no pisármelas en los escalones. No sabía si estallar en risas o echarme a llorar ante el abucheo de un público defraudado. Era la viva imagen de la derrota ferial. Un producto defectuoso para un público creyente en lo paranormal. Ahora lo recuerdo como el paseo de Cersei Lanister, penitente.

Me fui hasta el final de la sala y me quedé viendo el resto del show. Todos hicieron lo que les pidió el hipnotizador. El catálogo de gilipolleces eran las típicas que salían por aquella época en los programas de la tele: cacarear como una gallina, tocar un instrumento, ponerte unas gafas imaginarias con las que ver a todo el mundo desnudo…

Acabado el show, me reuní con mis amigos intrigada, ¿realmente estaban hipnotizados?

“Yo no. Pero me daba mucha vergüenza decirlo”.

O sea, les daba más vergüenza bajar del escenario en una feria de mala muerte que fingir que eran Santana con una guitarra eléctrica en las manos. 

Y así acaba la historia del hipnotizador de Feria. Por cierto, el cuello me estuvo doliendo varios días. Y ese fue el principio de mi carrera como voluntaria. La primera vez que llevé a mi hermana pequeña al circo, los payasos me sacaron al escenario para hacer de asesina. Eso lo cuento otro día.

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