AMANTES

“El amor, como la fe, nunca puede ser mantenido en secreto, aunque lo crean los amantes”. 

José María Marco

El amor es todo. O es nada.

Para poder escribir sobre el amor, sin parecer idiota, con cierta autoridad, debe habérsele visto morir. Se debe haber asistido, al menos, a un par de funerales de Amor. Sólo en ese instante de desgarradura absoluta, cuando todo el ardor que emanaba de tus piernas, se clava en la boca del estómago y no te deja respirar, sabes lo que es amar.

La amante es sierva. Vive en la servidumbre de la paradoja del amor: el amor es todo o es nada. La amante como suplemento matrimonial tendrá que luchar con todo su ser por tenerlo todo o rendirse. Nada.

Ah, dichosos los que tienen la fortuna de amar y ser correspondidos. Pero “en arcadia no vive cualquiera”.

Porque el amor es absolutista, se nutre de una pertenencia no cuestionada al otro. Buscamos, como Botticelli su Venus, un ideal erótico o platónico al que alcanzar. Un despotismo revelado, la elección de obedecer. Uno contempla los matrimonios sólidos en el tiempo y ve serenidad, libertad, placidez. Pero no nos llevemos a engaño, la robustez matrimonial viene de la organización casi dictatorial donde los amantes alternan el  mandato encontrando así un equilibrio sagrado. Hay un poeta español, ¡vivo!, que ha escrito el poema definitivo de lo que el matrimonio significa para mí. Es Enrique García-Máiquez y su poema es Hijo de la mar.

Tú me quieres por dentro,

Como a los hijos de la mar, desnudo

En El alma del mundo, Roger Scruton dice que “la cara se presenta en el mundo de los objetos como iluminada desde atrás. De ahí que sea el destino y la expresión de nuestras actitudes interpersonales, y que miradas, ojeadas, sonrisas sean la moneda de nuestros afectos”. ¿Eres capaz de observar una cara detenidamente durante horas, días, años… sintiendo que tu corazón late al compás de su presencia? La presencia del otro como sujeto. Eso es amor. Todo, en tanto sujeto. Nada, en tanto objeto. 

Yo soy de la creencia de que el deseo sexual siempre tiene un componente racional, una decisión que te compromete de algún modo. Disfrutar sexualmente del otro es amarlo también. Amor es todo. O es nada. ¿Hemos banalizado el encuentro sexual? Tal vez. Hemos perdido la perspectiva de la magnitud de la presencia del otro. Puede que no sean buenos tiempos para el amor tradicional dado que hemos trasladado nuestro adiestramiento como consumidor a la búsqueda de la persona a amar. Ha desaparecido la paciencia, la lentitud, la espera que conlleva encontrar y elegir a la persona con la que  vivir en/el amor. La búsqueda lleva calma; el “te quiero”, en cambio,  requiere destreza y presteza. O llega pronto o se pierde por el camino de la ontología cartesiana. El amor es todo. O es nada. Te quiero llega pronto porque prisas tiene el amante en ostentar el misterio que una vida entera le llevará desvelar.

José María Marco, en su titánico trabajo El verdadero amante. Lope y el amor, nos regala a los españoles el despliegue literario de Belardo (alter ego de Lope en los asuntos amatorios), y dice esto: “El amor nos impulsa al estado natural, a vivir conforme a la naturaleza”. Dejaré que sea el lector quien descifre esta, aparentemente simple, pero colosal consideración. Sólo diré: entre la naturaleza y el amor, quién somete a quién.

“Amor me enseñó a escribir”, declara Belardo en La inocente Laura. Y yo digo que Lope nos enseñó a amar. José María Marco nos deja con este libro un hercúleo rescate de las letras españolas que jamás debieran caer en el olvido.

Así como para Marco el amor no puede ocultarse, para Chesterton “la pasión es siempre un secreto que no debe confesarse; es siempre un descubrimiento que no puede compartirse”. ¿Y el sentimentalismo? “Un humor pasajero”. No debe pasar de ahí, como mucho, como “perdonable” incluso, concede Chesterton, dejemos el sentimentalismo encerrado en la novela rosa. Ser sentimental noche y día, ciertamente es insoportable para uno y para el otro. ¿Pero ser apasionado? Eso es estar vivo, verlo todo como algo nuevo. Una forma chestertoniana de vivir. Las hay peores.

Hablo del amor sin que me obliguen, no quisiera que confunda el lector mi inacabable yacimiento de amargura con desgana. Amargura como acento literario, tono lastimero. Entiéndanme. El infinito es a Dios lo que la melancolía a la mujer dramática. Y yo, como Nieves B. Jiménez en un artículo maravilloso, Decepciones, que escribe “a la diabla”… “entregada al pesimismo”. Belleza. Esto es. Amar con rabia, con desvelo, con ansia. Con miedo. Con todo.

Me despido. Recuerden: el amor es todo. O nada.

Yanire Guillén.

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