La catequista

Catequizar es enseñar gradualmente la letra del Catecismo.

Viviendo su espíritu y haciéndolo vivir de estos cuatro modos:

-Orando y haciendo orar.

-Narrando y haciendo narrar.

-Representando y haciendo representar.

Practicando por la piedad y la liturgia, y haciendo practicar.

O. Manuel González

Una catequista es, pues, una preparadora de católicos. La carrera católica empieza con el bautismo, pero ahí no tienes que hacer nada. A los 6 años vas a catequesis. Empieza la verdadera preparación; conoces a la catequista que te ha de acompañar hasta el día de tu Comunión. Y sigue. Nueve años más de catequesis hasta llegar a la Confirmación. Vemos así que el ser católico lleva más años de preparación que un Abogado del Estado.

Mi catequista se llamaba Maripino. Quisiera poder describirla, mas cómo se describe a un ángel. Era alta y delgada. Su cabello de oro como el de la Virgen que se peina en el villancico. Su tez blanca y sus ojos azules contrastaban con nuestra naturaleza de niños canarios más bien tirando a morenitos. Siempre llevaba vaqueros holgados y jersey de punto. Las mangas remangadas hasta el codo de manera que yo podía deleitarme con sus muchas pulseritas de oro, y quedarme embelesada con la delicadeza de sus manos. La miraba con fijación cuando quitaba los elásticos de la carpeta y nos repartía las fichas que tocaban esa tarde. Maripino era una chica fina (como diría mi abuela Teresa), tímida, recatada, casi pudorosa. Nosotros, panda de golfillos de 11 años, apostábamos a que se metería a monja. Hasta que una tarde la vino a recoger un chico y resultó ser su novio. Un par de años después, su novio vino a la catequesis a darnos una charla sobre la Santísima Trinidad. ¡Era teólogo el novio! Un teólogo y una catequista. A veces, Dios hace estas cosas. Como decía, eran nueve años de catequesis y a los 18, la Confirmación. Yo no me confirmé aunque fui a catequesis hasta el último día. Pero esto es un asunto entre Dios y yo.

El caso es que, últimamente, pienso mucho en la vida que hacíamos en la parroquia. La parroquia era, para nosotros, los aledaños de la casa del cura, frente a la iglesia de San Roque; había un par de salitas donde dábamos la catequesis y un almacén en el que organizábamos nuestras cosas: talleres, bailes,  decoraciones para Navidad, el Belén, incluso, a veces, invitábamos a los niños de otra parroquia y organizábamos algún campamento. Nos encantaba hacer “cosas de monaguillo”, como repartir por los bancos de la iglesia las hojas con la letra de las canciones de misa. Todo aquello era pura vida comunitaria. Parecía improvisado y natural, pero, en realidad, era posible gracias a las catequistas.

En ocasiones especiales, las catequistas invitaban al párroco. Nosotros le queríamos mucho a Paco, era un cura joven que llegó al pueblo con ganas de implicarse y enseñar. Andaba entre nosotros , con cierta parsimonia, las manos cruzadas en la espalda, y de pronto se paraba delante de alguno, le miraba tiernamente, sonreía y lanzaba una pregunta: “¿qué es la vida?”; “¿qué es el amor?”; “¿qué es la amistad?”; “¿qué es Dios?”. Nunca sabíamos responder y lo que hacíamos era reírnos. Pero entre ese jolgorio se iba colando una curiosidad. Se despertaba una actividad intelectual que en ningún otro ámbito de nuestra vida infantil existía. Jamás me preguntaron en el colegio qué era la amistad. 

“Sólo una definida e incluso deliberada estrechez mental puede mantener a la religión separada de la educación”, esto lo dice Chesterton en un alegato en defensa de la educación religiosa. Para Chesterton, educarse en religión es entender desde niño que hay un mundo objetivo que te traspasa. Que nuestras acciones no son distintas de nuestras creencias, así si un niño se pregunta qué es la amistad y entre todos nos damos una respuesta aprobada por el catecismo, esa idea de amistad le acompañará el resto de su vida y, además, para llegar a él, ha tenido que hacer un esfuerzo intelectual de comprensión y observación. 

“La forma con que el hombre entra en contacto con la verdad del ser no es la forma del saber, sino la forma del comprender: comprender el sentido al que uno se ha entregado”. Estas palabras de Joseph Ratzinger me llevan inmediatamente a la salita de mi catequesis, con mis compañeros y Maripino. Me hace recordar  todas las vueltas que le dábamos a las cosas para comprenderlas. Hoy entiendo que esa comprensión le daba sentido a nuestra forma de desenvolvernos en sociedad, a nuestra forma de cultivar una vida interior reflexiva… nos íbamos convirtiendo en aquello a lo que nos habíamos entregado.

Y entiendo que aquí el lector ya esté cortocircuitando: pues ¿acaso digo yo que el católico se comporta mejor que el no católico? ¿Que el recibir catequesis garantiza un buen carácter? En absoluto. Lo que digo es que, a una corta edad, se abría para nosotros un mundo lleno de preguntas profundas que exigía de nosotros no solo pensar y comprender, sino aceptarlas con cierta garantía de cumplimiento. Una actividad intelectual y espiritual que llenaba un vacío que tenía la escuela. 

Hoy los niños reciben muchas clases y charlas sobre valores ciudadanos, ética e incluso religión. Pero advierto que esta instrucción viene con las respuestas ya dadas. En el salón parroquial, donde los niños de mi edad pensábamos en cómo ser bondadosos y emular a Cristo, sólo resonaban las preguntas. El camino para hallar las respuestas era individual y solitario. Para eso leíamos la vida de Jesús. Y esto es lo más parecido que podíamos tener niños occidentales nacidos a finales del siglo XX a una formación retórica, filosófica y teológica, como vemos en las películas de Alejandro Magno y su maestro Aristóteles.

“Marías, hay que hacer locuras”, reza un manual para catequistas. No locuras de la cabeza ni fantasía, sino locuras de corazón. Una catequista es una persona que por pura vocación entrega su tiempo a andar con niños el camino de descubrir a Dios. Para eso debe rebosar conocimiento y amor. Así era Maripino. Y, aunque yo no he llevado una vida católica, sí me han acompañado siempre los valores cristianos que me pertenecen por civilización. Una vez me enfadé con una amiga y le dije que Dios la iba a castigar. Paco, el cura, me cogió de la mano y me dijo: “no le digas eso a tu amiga, pues Dios no castiga porque Dios es amor”.

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