La solterona

Y se puso alrededor de su casa

Tal barricada de pinchos y alambre

Contra el clima rebelde

Que ningún hombre insurgente podría soñar traspasar 

Con maldiciones, puños, amenazas

Ni con amor, tampoco

Sylvia Plath 

Sylvia Plath escribió un poema que se titulaba «Solterona» el año en que se casó con Ted Hughes. 

A mí esto me hizo gracia. Primero, el poema, que es una maravilla, un paseo estacional por las decepciones amorosas y la determinación de una mujer en vestir de uniforme en la guerra del amor. Bien está construirse un palacete -Plath habla directamente de “barricada”- en el córtex frontal para guardar ahí todos los motivos por los que dijiste que no te ibas a enamorar (otra vez).

Pero también me hizo pensar que ya no usamos la palabra «solterona». Siempre tuvo una connotación peyorativa, condescendiente, incluso, hacia las mujeres que se hacían mayores sin casarse. En el imaginario de la niñez, la vecina solterona se pasaba el día maldiciendo tras la cortina todo lo que pudiera escandalizarla por libertino. ¡Qué trato injusto! A saber qué hay en la vida de una mujer que no forma familia: un amor no correspondido tan grande que nunca le cupo otro; una maternidad espiritual, como la de la tía Tula.

¿Puede saciarse una mujer que no hace carrera matrimonial ni religiosa, con sus sobrinos? Ah, Tula. ¿Acaso puede uno sentir lástima por la tía Tula? No, más bien al contrario. Al margen de todas las consideraciones que esta obra de Unamuno merece, te baja la idea, como baja el mes, de que la mujer solterona tiene una ventaja sobre todas las mujeres, y es que, no contrayendo compromiso alguno, todo acaba siendo suyo. Este romanticismo me lo arruinaría el Derecho Civil, pero ¿qué me importa? Esto se llama La Solterona.

Y lo que voy a decir ahora sale del más viejo cementerio donde yacen los secretos graves, los tabúes que, aún viviendo en esta modernidad despampanante, ahí siguen, sepultados en la tumba de la consulta, en las conversaciones médico-paciente; pero he de confesar lo que pensé y profanar este tabú: por momentos, pareciera que Unamuno, en ese diálogo en que Tula dice al hombre, del que está locamente enamorada, que “los niños, sí; pero al hombre… he temido siempre al hombre”, hay una sutil alusión al vaginismo. Esto es, el miedo o fobia que padecen algunas mujeres a las relaciones sexuales; a la penetración, concretamente. Es real, y se lleva los sueños y los poemas de amor por delante.

Volviendo al mundo de los vivos, el concepto de “solterona”. Parece haber caído en desuso adulterado en nuestro provecho por la modernez. Hoy nos referimos a esto, cuando somos nosotros, los de 40-50, de otra manera. ¡Qué vamos a ser nosotros solterones! Lo que somos es ¡libres! «La atadura que supone un matrimonio no es para mí». O «yo lo intenté pero no salió bien y, ahora, pues qué quieres que te diga, estoy bien sola». Cositas que se oyen, ¿verdad? 

Mucha verdad. Mucha mentira. Mucha tía Tula.

Tras varios tropiezos sentimentales, me encuentro con “Solterona”, el poema de Plath. Ah, las emociones, cómo son de gobernantas. Ahí me quedé clavada y, lejos de sentirme triste o melancólica, un cielo… llegué donde San Pedro y me dio un ejemplar de La tía Tula: recuerda que no hay amor más grande que el cuidar del que te necesita. Entonces, una ensoñación. Una casa junto al faro. Mi cabello largo y plateado. Mi respiración pausada. Mis manos arrugadas por el sol y el viento de la isla. Mis libros apilados ya leídos. Las visitas de mi hija en Navidad. Tal vez, ojalá, mis nietos.

Mi soltería en la vejez, llámese como se quiera, se revela ahora como un folleto de cruceros o un plan de pensiones.

“Muchísima gente era más extraña que yo”. Y qué si soy La Solterona. Y, por otra, quién dice que no quedan imperialistas hispanos con ansias de conquista. Todas, hasta las embelesadas en su soledad, podemos caer (otra vez). Pero, si no, la conquista es la soltería en la vejez. Nuevo concepto para una nueva era.

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