Insolencia

Leo Meditaciones, de Marco Aurelio, en un ataque de originalidad, pues apenas se recomienda este libro, y me encuentro con esto: “Cuando choques con la insolencia de alguno, pregúntate al instante: “Pues qué, ¿es posible acaso que deje de haber insolentes en este mundo?” No puede ser.”

Antes de seguir, dejen que me compadezca del lector. He ido a la bodega de mi padre, que suele estar bien surtida, mas no encontré sino vino peleón. Esto afectará directamente a mis facultades, ya de por sí dañadas, dado que llevo dos copas (copazos).

La primera que vez que reparé en la belleza de la insolencia fue cuando alguien me preguntó a qué olía. Ya saben, en la antigua normalidad, nos acercábamos bastante en el saludo o presentación. Entonces dije, “huelo a insolencia”, y puse una carita muy picarona. Hacía poco me habían regalado el perfume Insolence (Guerlain), lo uso desde entonces; hace más de 15 años. Por tanto, la primera insolente de primera sería yo.

Uno de los insolentes que adoro es Chesterton, me lo comía entero yo a este señor (esto es por el vino). En su autobiografía, el capítulo dedicado a la adolescencia se titula “Cómo ser un imbécil”. El dedicado a su juventud “Cómo ser un lunático”. Cuando el amigo inglés quiso pasarse a ser católico, causó mucha incomprensión entre los suyos. Él les decía que en absoluto se sentía avergonzado: “Estoy orgulloso de mi religión hasta donde puede estarlo un hombre de una religión que hunde sus raíces en la humildad”. Es precioso. Anular un orgullo soberbio ciertamente evidente a temprana edad en la humildad de la fe. Cosas que hace Chesterton continuamente y que yo he considerado llamarlas insolencias. 

En los primeros días de Universidad, una profesora nos leyó un manifiesto por el desarrollo sostenible de Lanzarote que había publicado la Fundación César Manrique (no confundir con César Manrique -Dios lo tenga en su gloria-.). Yo levanté la mano para intervenir. Lo primero que dije que es que yo era de Lanzarote, lo cual le daba mucha legitimidad a mi comentario, así que la profesora vino hasta mi asiento y me invitó a ponerme en pie. Supongo que ella pensaba que yo hablaría a favor del manifiesto, que se oponía al desarrollo urbanístico y demás memeces posmodernas. Pero lo que dije fue que “ en Lanzarote este manifiesto no nos gusta mucho, porque lo que queremos es fabricar casas y tener más hoteles de lujo para los turistas con dinero.” Acabé de becaria en el departamento de esta profesora. No le gustaban nada mis opiniones pero quedó prendada de mi insolencia.

Ahora vine un rato a ver a mi abuela. Le cuento que estoy escribiendo sobre personas insolentes. “¿Qué es eso, mija? ¿Ser un impertinente? Pues el mundo está lleno?” Ojo aquí mi abuela y Marco Aurelio. Mi abuela es que tiene más horas de Telecinco que Jorge Javier, lo que debería convalidarse con un grado de sociología o coach. De hecho, yo creo que mi abuela hace coaching con sus amigas cuando van a jugar a la baraja. Y todos los argumentos los saca de Sálvame. A mí esta me parece una insolencia deliciosa, porque en ese batiburrillo del famoseo está la vida misma. O eso dice ella. 

El primer libro de estas vacaciones mías en la isla es Empiezo a creer que es mentira, de Carlos Mayoral. Me tiene algo desconcertada este juego que se trae entre los textos clásicos, sus autores y su imaginación. Es, se los digo de verdad, un libro particular y divertido. El caso es que Mayoral lleva soñando desde chaval con empezar un libro con esta frase: “Hemos destruido a los clásicos”. Otra insolencia. Me encanta.

Recientemente, yo había leído un ensayito de T. S. Eliot sobre los clásicos de la literatura. Volví a él para ver si ahondaba en esta insolencia y regodearme un poco en la precisión de relojero con la que Mayoral funciona como un ministerio del tiempo literario yendo y viniendo con cachitos de textos, como quien baja a la mina pero en lugar de oro trae versos. Versos olvidados.

Eliot concluye que el clásico no está circunscrito a la grandeza ni del autor ni de la época, porque cierta literatura está llamada a ser grande, “la literatura madura”, la que “posee una historia detrás, una historia que no consiste en mera crónica… sino en el progreso ordenado, aunque inconsciente, de una lengua hacia la conciencia de sus posibilidades dentro de sus limitaciones”. Y he aquí que con esta sentencia de Eliot, tan elegante y austera, sólo por contraste ya se explica lo que es para mí la insolencia.

La insolencia no es más que el descaro y la osadía, desparpajo si se prefiere, de disimular que, aún a sabiendas de estar equivocado, uno habla convencido de tener razón.

Y da muchos réditos este comportamiento que no alcanza la desvergüenza, pues ¿a quién puede sentarle mal un poco de frescura entre tanta mascarilla?

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