¿Precisa el orden social de orden sexual?

Una reflexión a raíz de la lectura de Rameras y Esposas

Antonio Escohotado desflora una discusión que cada vez se presenta de forma más inmadura, simplista y puritana: la llamada guerra de los sexos. Lo hace con un texto publicado originalmente en 1993, Rameras y Esposas. Desde Babilonia a Belén, visitando las alcobas, uno asiste a la disputa del auténtico mando de gobierno: el sexo.

El trueque de sexo por bienes parece confirmarse una práctica primitiva que como especie nos define más de lo que, tal vez, estemos dispuestos a considerar. El festival sexual y mercantil como costumbre nos acompañó durante siglos. Escohotado despierta una repentina curiosidad por el alcance que tenemos como emisores y receptores de dominio sensorial: dominar al otro mediante nuestra sexualidad. En la era Tinder esto es especialmente interesante, pues parece que las generaciones más jóvenes empiezan a deshacer el orden social a través del orden sexual. ¿Está en peligro la monogamia? Muchos hablan de aceptar nuevos modelos de familia, no es eso de lo que yo hablo aquí. Hablo de las relaciones sentimentales, la conformación de parejas estables. Y mi hipótesis es que el consumo del “enamoramiento” está desplazando al estado, más permanente, de estar enamorado. Tal vez nos vuelve a gustar, como hace siglos, “estar en el mercado”.

Veamos la cronología, a través del mito, que Escohotado traza en las relaciones sexuales y sociales entre mujeres y hombres:

El de Ishtar y Gilgamesh es uno de los pasajes más apasionantes del libro por el detalle con que el autor nos retrata una sociedad dionisiaca entregada al placer carnal, donde la “ramera” era sagrada, considerada “funcionaria pública” encargada de instruir en las artes amatorias a los hombres jóvenes. Pero la historia de Gilgamesh es también una leyenda de transición que Escohotado nos alumbra así: “Lo venerable ya no es el caos líquido del orgasmo, sino un puente entre pasado y futuro: esa fecundidad organizada patriarcalmente que representa la esposa”. Se vienen la Esposa y el amparo familiar. Ishtar acaba siendo repudiada y, con ella, se llevó todo el gremio por delante.

El mito de Zeus introduce un elemento nuevo en las relaciones entre mujeres y hombres: el dios de dioses busca esposa y, lejos de decantarse por la belleza o la elocuencia de algunas postulantes, busca aquellos “merecimientos exigibles a una compañera perpetua”: que sea una buena esposa, una madre ejemplar, que tenga voz propia y sea leal. La perpetuidad del amor, el placer de la familiaridad, el hermoso y tupido velo de la confianza.

Deyanira, esposa de Hércules el héroe, el hijo de Zeus, libertador y aventurero, comprendía sus devaneos y no le impuso castigo, siempre y cuando no fueran rutinarios: la amante, fuera de casa y de forma ocasional; la esposa, en el hogar, abastecida de legitimidad. Pero Hércules muestra remordimientos y se desempeña como esposo. Apunta Escohotado:

Es preciso que Hércules envejezca y sude por gusto, orgulloso de mantener a una esposa única y a su prole. La familia normal va a devenir, con tiempo y buenos oficios, en una familia ejemplar.

José y María suponen una ruptura con la naturaleza de los mitos anteriores, no cabe en ellos la infidelidad ni se otorga a las necesidades del adulto más importancia que a las del niño. El hijo es el fundamento principal de la conservación del matrimonio y, por ende, de la familia tradicional.

El patriarcado parece irse consolidando como un “orden social perfecto” tras siglos de “caos líquido”

Pero… cómo es todo esto ahora.

No sé dónde establecer la línea temporal del “actualmente” o “en nuestros días”. Es un fenómeno que, probablemente, lleve décadas efervesciendo; no obstante, cada uno lo descubre cuando la edad propia le sitúa dentro del fenómeno. Y lo que resulta de este centrifugado emocional en el que giramos al llegar a cierta edad es que el ideal monogámico, sustentado en la fusión del amor, respeto, fertilidad y recato, se ha convertido en el nuevo mito y nos sitúa ante una sociedad que se corrompe en otra cosa.

La domesticación de la naturaleza sexual de los seres humanos parece una empresa, efectivamente, frustrada. La legitimidad del cónyuge es, cada vez más (y cada vez menos, pues el Derecho se adapta a la laxitud social), una cuestión administrativa. No es mi intención presentar un escenario caótico o apocalíptico de las relaciones de pareja, pero sí quisiera vislumbrar el motivo por el cuál Occidente vive un invierno demográfico, un aumento de divorcios que, en según que países, son cifras escandalosamente altas, y una soltería que parece prolongarse más allá de los 35 años.

Y es por esto que me pregunto: ¿Precisa el orden social de orden sexual?

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