HERMOSO Y HUMILDE

El viento de Lanzarote busca retórica inútilmente. Tiene unas tardes largas en las que da suelta a sus entusiasmos inútiles de rebuscador de retórica. El viento de Lanzarote apuñetea el éter. Se descoyunta en el vacío.

Agustín Espinosa (Lancelot)

“Hermoso y humilde”, así empieza la segunda voz de una canción que el grupo de música popular Timbayba, al que pertenecí unos cuantos años, le dedicó a Tinajo. Tinajo es mi pueblo. Hermoso y humilde. Y está donde el viento da la vuelta.

Estos días en los que repaso el pueblo a golpe de caminatas diarias, he ido compartiendo algunos de sus rincones. Y, gratamente sorprendida, he visto que a algunas personas les ha despertado interés. Un gesto que agradezco dado que Tinajo, tan hermoso como humilde, es un pueblo de una de las islas con más turismo del mundo, y no tiene playa. Es como ser hijo de Carlos Herrera y Mariló Montero y salir feo.

No tener playa ni un clima cálido como el resto de la isla (para incrédulos consulten el microclima macaronésico), nos dejó fuera del desarrollo turístico, por eso yo bromeo diciendo que Tinajo es un pueblo de belleza pre constitucional.

El progreso lo tenemos, pero de otra manera. Por la avenida principal se pueden ver cada vez más pequeños comercios, actividades variadas que vienen a sumarse a las naturales de los tinajeros como son el cultivo, la pesca y el pan (hasta ocho panaderías he llegado a contar). Hablamos, a todo esto, de un pueblo de poco más de 6.000 habitantes, distribuidos a lo largo de un territorio más o menos extenso que comprende desde parte de las Montañas del Fuego hasta la costa de La Santa. El noroeste de Lanzarote.

Decía antes que no tenemos playa. Aunque, evidentemente, sí tenemos costa. Y mucha. Pero es picona y volcánica. De difícil entrada para darse uno baño si eres un ser humano. Al contrario que las postales lanzaroteñas donde se ven playas de aguas turquesa y arena blanca, el mar de Tinajo es bravo y de un imponente azul oscuro. Los de Tinajo tenemos nuestros secretos y sabemos por dónde ir a darnos un baño. Eso sí, uno debe saber dónde se mete porque la mar es traicionera, y la del norte mucho más. El oleaje es tan fuerte que rompe en las rocas y expande una lluvia fina de salitre que puede llegarte al salón -en Tinajo combinamos nubes y fuertes vientos-. Es de una hermosura implacable. Sobrecogedora. Todos los amaneceres son salados.

Tiene Tinajo un pueblito marinero que se llama La Santa. Donde se recogen los barcos de pesca en un muelle que no es muelle sino abrigo y una coquetería. Tiene Tinajo otro pueblo dentro que se llama Mancha Blanca, y es honor de todo tinajero tener en casa a nuestra Patrona insular, nuestra Señora Virgen de los Dolores. La que paró el volcán. Las erupciones de Timanfaya duraron 7 largos años, tan lentos como la lava que se abría paso en una masa pesada que despacio iba sepultando aldeas. La desesperación de los lanzaroteños quiso que la Virgen de los Dolores esperara ese mar de lava y mandarlo a parar. Y lo paró (aquí la leyenda). Allí se erigió una cruz y una ermita en su honor, que todos visitamos y llevamos ofrendas cada año por el 15 de septiembre. Una de las cosas más bonitas que he hecho en la vida ha sido cantar una folía a los pies de la Virgen en llegada de la romería.

Las erupciones enterraron la isla en cenizas. Por eso nuestro cultivo crece sobre arena negra, el picón. Tinajo tiene vid, mucha. Gran parte del desempeño agrícola está dedicado a la uva malvasía que en estos días se vendimia en su punto. El festival del verano empezó esta semana: colas de furgones cargados de cajas amarillas de camino a sus fincas, con las familias, desde el grande al chico, tijera en mano, listas para cortar la uva.

En las casas de Tinajo es habitual que haya una huerta que garantice, como mínimo, un buen potaje. Y un congelador bien surtido de pescado. No faltan gallinas tampoco. Ya hice partícipes a mis gentes de twitter del despertar con mi gallo cantor, tanto canta que lo tengo de compañía la primera hora de jornada cada mañana.

Agustín Espinosa, escritor canario de principios del siglo XX, decía que Tinajo tenía un arquetipo bizantino. Y este bizantismo se repartía fundamentalmente entre “Iglesia, cura, casa cúpula y chimeneas”. Y así sigue siendo en buena medida. Remito a los interesados a mi post sobre La catequista, las fotos de las casas cupulares, o las chimeneas realmente bizantinas, y, como muestra más cercana, aquí pueden ver la que hizo mi padre para nuestra casa.

En cuanto al cura, bueno, el cura siempre ha sido una figura principal. Pero ninguno como el cura don Tomás. Tantos años estuvo, tanto participó de gobierno y sociedad, tanta educación repartió, que a la confesión de los pecados mandaba como penitencia ir a trabajar a las fincas de su hermano.

En fin, qué más puedo contar del pueblo de mi padre, donde viven mis abuelos, hermanas, tíos y primos; que aquí crecí; que entro al mar por las rocas; que bebo vino de la casa (literalmente); que Tinajo me dio la oportunidad de ser empresaria; de vivir amores de juventud; de disfrutar de ese bizantino estilo arquitectónico que hace que nuestras casas sean pequeños templos de bienestar… y sí, siempre está nublado, y refresca mucho por la noche, no hay Mercadona ni centros comerciales, y ni falta que nos hacen. Tinajo crece poco a poco, también se desvanece poco a poco, han podido ver las fotos de tantas casonas en ruinas. Si yo fuera rica las compraría todas, son tan bonitas. Tan particulares. Contrastan tanto con ese breve pero nefasto empeño de construir viviendas adosadas, muchas hoy siguen en cueros de hormigón, inacabadas, como fantasmas que nos recuerdan que hubo una vez una burbuja inmobiliaria y que en Tinajo, donde apenas llegan las modas, nos tocó de refilón.

Si visitan Lanzarote, no dejen de pasearse por el interior de Tinajo: La Laguneta, La Costa, La Santa, Mancha Blanca… Hay otro pequeño pueblo pero ese no se los voy a contar hoy porque merece una dedicación aparte. Es el pueblo donde de niña volaba por las azoteas.

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