No es nada

Como si de la yema de tus dedos brotaran gotas de agua suena trémulo un golpe en el pecho. Lento. Constante. Cada golpecito te perfora delicada pero, firmemente, el corazón. Le arrebata los tiempos al latido y lo deforma como una partitura mojada. Ya sabes quién está ahí contigo. Ha vuelto.

Lo viste venir porque ya son años de ronda. Te anticipas a su entrada súbita dejándolo sin protagonismo alguno. Su solemnidad ya no es sino un ridículo diagnóstico. Y toda su sombra se arrastra como el aburrimiento.

Aquel día que no moriste nació tu amor por la muerte. Lo sabe. Los enamorados de la muerte necesitan saber que está ahí, centinela de la tristeza. Infalible detecta tus lágrimas titilantes como estrellas lejanas cuyo brillo se ve cuando ya se apaga y así son tus lágrimas, que no asoman en el rostro porque se ven cuando ya están muertas, blanquecinas y saladas.

Cada daño, cada traición, cada decepción, cada error… martillean tu cabeza mientras te dejas arrojar al mar sin pelear por la vida porque tienes el cerebro fundido por todos los errores cometidos. Jamás te perdonas. Jamás te comprendes. ¿Puedes quererte aunque sea sólo un poco?

Es delirio. Lo sabes. Pero le dejas hacer. Un demonio que se pasea por tu cuerpo a su antojo y te toma, te hace suya, te ama y te desprecia. El dolor de la vida equivocada o rota se hace insoportable y no quieres enfrentarte sino entregarte al amante oscuro que promete hacer desaparecer todo dolor con toda vida.

Llamas al médico.

_ Vuelvo a estar mal_ dices sabiendo que no hacen falta más palabras.

_ Ya te veo. Tendremos que volver a la medicación.

_ Sí_ dices en voz baja mientras la vergüenza te pesa más que la pena. “¿Por qué la vida me suelta estas losas oscuras y pesadas que me aplastan?”, piensas mientras él escribe la receta. Pero no dices nada. Sabes que en cuanto hables llorarás como una niña huérfana y frágil.

_ Este fármaco es nuevo. Además de mejorar el ánimo te ayudará a dormir.

_ Bien.

_ ¿Quieres acompañarlo de terapia esta vez?

Reflexionas antes de responder.

_ Ya sabes que no me gusta hablar cuando estoy así. Tal vez en un par de semanas.

_ Bien, intenta irte a casa de tus padres un tiempo._ Y te extiende la receta de la pastilla de la serenidad.

Sales de la consulta con la receta en la mano sin meterla en el bolso, la doblas y la aprietas junto al pecho. Vas llorando todo el camino hasta la farmacia.

Ahora el raudal de pena que se cierne sobre ti es virginal. Pasas a fase melancolía. Eres tan inflamable. Pero la gente no lo sabe. Ya tienes tu remedio para encerrar a las sombras un tiempo. Vienen días de llanto silencioso sin congoja ni hipo. Duermes. Comes. Tomas el sol. Haces el amor. Y un día tu dispositivo anímico, químico y hormonal vuelve a estar en su sitio.

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