érotique

Esto dará, no lo dudo, de su locura aquí prueba

Pedro de Urdemalas, Jornada segunda (Miguel de Cervantes)

¿Has sentido alguna vez cómo se refina perversa tu sonrisa? Me refiero a si has sido plenamente consciente de ese momento. Yo lo siento siempre. Baroja diría que soy una mujer tranquila, nerviosa, muy nerviosa. Llevo la “cuestión palpitante” como si fuera la esposa inmortal.

Tras un mes de verano mi piel se torna dorada y brillante. Suave. Llamativa. Esa noche de estío llevaba un vestido muy corto de una tela sedosa con florecitas pequeñitas rosadas y lilas. Los tirantes eran finos y el escote, pronunciado, en forma de corazón. Dos horquillas doradas recogían dos mechones, uno a cada lado y se unían en el centro. Aun así mi pelo estaba alborotado con las ondas que me deja un día de playa. Me sentía hermosísima ese día.

Olía a algas. Las que deja la marea cuando sube y se retira. Destellos de luz, farolillos de verbena. Se escuchaban las olas. Y yo olía a vainilla. El bálsamo deja unos labios comestibles.

La inquietud empezó a encenderme. No sé si por cómo me miraba o porque me venían a la cabeza una y otra vez sus manos en mi pelo toqueteando los lazos dorados de mis horquillas. Su aliento tan cerca. Sus ojos clavados en mí.

Mi respiración se acelera.

Una ola enorme rompió contra las rocas precipitando una lluvia fina de agua salada que caía sobre nosotros. Una gota perfecta, enorme y turgente quedó justo en mi pecho. No se resbalaba. Él se percató. Noté su deseo de tocarla y hacerla desaparecer. Aquella gota parecía querer quedarse a vivir en mi escote, tuve que moverme, crucé las piernas. La gota recorrió el íntimo pasillo entre los senos ante su perversa mirada.

Sus brazos eran fuertes y yo ya me había imaginado lo poco que le costaría cogerme. ¿Trataría de transitar por las ramificaciones oscuras que hay en mi interior o sería capaz de tomar el sendero luminoso que para la ocasión preparé?

Me tendí en la arena mirando hacia el cielo como si lo comprendiera. Él vino a mi lado. Imaginé que éramos espíritus. Hechos de mar y arena. Espíritus que podían fundirse en silencio, invisibles, estremecidos, grandiosos. Uno dentro del otro. Contribuímos al caos líquido del océano. Hubo un instante de plenitud hermanada. Lloré en silencio. Como Mathilda, derramé un flujo de lágrimas tibio y saludable.

Encarnada en parábola bailé el resto del verano tan virgen como al principio. Muerta como una diosa griega me sentía invocada por el deseo de los otros.

Con qué se cura la pasión. Dice don Quijote que “no es cordura querer curar la pasión, cuando los remedios son muerte, mudanza y locura”. Mas el hombre siempre yerra al buscar ser correspondido. ¿Acaso la pasión no es el alma bailando dentro del propio cuerpo?

Ah, la pasión. Las pasiones hay que vivirlas.

A fin de cuentas, a Sylvia la violó el sol tumbada sobre piedras calientes.

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