De cuando me fui a vivir a Madrid y encontré a Pla

Madrid, 12 de junio de 2018

Llevaba un tiempo buscando manuales literarios para turistas residentes en Madrid. Me gusta la Feria del Libro Antiguo y parecía el lugar perfecto para buscar ese mapa emocional que necesita el recién llegado. Me tomé un vino blanco en el Café Gijón (para darle una carísima solemnidad al asunto), fui directa a la sección «Madrid» de una caseta de la Feria y me hice con este dietario de Josep Pla.

Se trata de una edición de 2.000 ejemplares que la Asociación de Libreros de Lance de Madrid había publicado en conmemoración de la XXXI Feria del Libro Antiguo y de Ocasión. La edición es muy bonita, en tapa dura, con una fotografía de Rafael Trapiello en blanco y negro en la cubierta (diseñada por Alfonso Meléndez, quien resulta ser un amigo mío de Facebook). Andrés Trapiello firma el prólogo, y ya es motivo suficiente para hacerse con un ejemplar.

Con 24 años, este catalán de provincias que habría de probar suerte en la Villa se instala en Madrid. Julio Camba decía que «en Galicia se admite que uno sea original, pero no hasta el punto de irse a Madrid para no volver de ministro». ¿Pensaban lo mismo en Cataluña? Dice el ampurdanés que Madrid estaría bien si él pudiera volver cada noche a Barcelona. Trapiello avisa al lector de que «el Madrid de este libro no se parece a Madrid, se parece a Pla». Yo creo que se parece al Madrid del turista residente melancólico.

Pla escribe este dietario en 1921, lo revisa en 1929 y lo vuelve a revisar en 1966. Haciendo cuantas modificaciones se le antojan, cambia fechas, lugares y coroneles por directores generales. No obstante, este libro ofrece al español turista residente en Madrid una coordenada fundamental: amarás y odiarás Madrid de manera proporcional. Una exuberante hospitalidad se le presume a esta noble ciudad, y Pla dio cuenta de ella haciendo amistades en la pensión, en las colas del banco y en los cafés literarios. Hoy la hospitalidad madrileña va a toda velocidad en patinete eléctrico, cuenta con 20 invitaciones al año para poder acercarte con tu coche al centro y te proporciona múltiples servicios de ciclistas que traen cosas a tu casa.

A Pla no le gustaba Madrid salvo por alguna cosa. «Hoy ha sido, efectivamente, el primer día de primavera del año. Esta es la estación en que Madrid más se asemeja a una ciudad de montaña. El aire es sutil, vivo, y trae reminiscencias de cumbres nevadas y minerales». Así empieza el día un Pla optimista que se dispone a ir al Ateneo a leer las memorias de Saint-Simon. Pero no va. Vayan a saber por qué, su plan se desbarata. Acaba el buen hombre ese día tan primaveral: «Qué cosa más seca, ingenua, triste, insatisfactoria (…) he echado a andar hacia el Hipódromo, al azar». Al turista residente en Madrid también le pasa esto con frecuencia: sale una de su casa con buena dosis de vitalismo y lo mismo acaba llorando delante de una Cibeles majestuosa o frente al escaparate de un chino. Con mucha suerte alguien te invita a un vermut.

Hubo unos días en los que sucedieron algunas muertes y virajes políticos que replanteaban los planes de todo el mundo. «La fonética me perderá, pero me salvará la sintaxis», le dijo Pla a Camba cuando éste le sugirió que a tenor de los acontecimientos disimulara su acento catalán. Pla estuvo unos días hablando lo menos posible. Hace justicia Andrés Trapiello en su obra enciclopédica Las armas y las letras, a los escritores españoles que, durante y después de la Guerra Civil, fueron expropiados y apropiados al tuntún por los bandos, unos ignorados ante el derroche de sentido de sus palabras, otros enaltecidos sin más mérito que no molestar. A Pla se lo quedó la derecha. El caso es que, como suele pasarle a cualquier particular sin interés, Pla no era de nadie, «un liberal»; sus conciudadanos catalanistas se ausentaron de su funeral y en la cubierta de su monumental Historia de la II República Española aparece por imperativo su nombre castellanizado: José Pla.

Lo que nunca pudieron expropiarle fue su sentido del humor. Es este, sobre todo, un libro pare reírse y entretenerse. Una desmaquillada y desternillante ternura domina cualquier pasaje, por triste que sea. Ese humor espontáneo nacido de la desgana de hacer gracia es tan Pla.

De los mejores días que Pla pasó en Madrid fueron los que se fue a Salamanca. Allí conoció a Unamuno, quien le causaba tanta admiración que tentado se vería de rezar el rosario hecho con migas de pan. Me recuerda a uno de mis mejores días en Madrid, cuando fui con mis padres a Segovia, donde mi padre, constructor aficionado de muros de piedra, nos dio una clase magistral apoyado en una de las columnas del acueducto.

Las tardes de domingo gustaba de pasarlas en el Retiro, «el parque y los árboles están muy hermosos, tienen una delicadeza de colorido muy sedante. El estanque es muy francés». Pasaba así nuestro singular unas horas muy placenteras. Me atrevo a confirmar que hoy se vería distraído ante la presencia del oso panda gigante que baila de forma siniestra, el malabarista que te grita «¡tacaña!» si no te paras a contemplar sus proezas o la colección de palos de selfis que cercan el estanque. Podría uno imaginarse a Pla atónito ante los grupos de yoga californiano o los nuevos hombres del paleolítico escalando troncos y tirándose al suelo.

Se agenciaba nuestro hombre buenos ratos en el Prado, frente a Goya su amigo Crexells le decía que se trata de un pintor peligroso, pues le arrebata a uno la serenidad. Pla se complace cerrando los ojos sabiendo que no hay belleza mayor que perderse, pues no hay belleza superior a una pintura de Goya. Un asidero funcional y recomendable para que el español turista residente en Madrid aplaque la ansiedad de un Madrid inabarcable: echar la tarde en el Museo del Prado.

No faltan en los diarios reflexiones más serias que ayudan a hacerse una idea de la honestidad intelectual con que Pla acabaría por contarnos España: «Una de las cosas que más me sorprenden de Castilla es no poder encontrar los vestigios, la herencia más o menos bien conservada de la época imperial. Castilla ha gobernado a medio mundo. El pasado es ingente. Pues bien, búsquese lo que ha quedado, en este país, de aquella dilatada y fantástica dominación (…) Si no fuera porque es cierto, llegaríais a creer que eso que se llama el Imperio Español es un sueño impreciso y lejano».

Así transcurren los revisados dietarios de Pla: imitando con sorna la forma de alzarse el sombrero de los madrileños para saludar a las damas en la Castellana, la Plaza de Oriente, la redacción y las situaciones inverosímiles en las que se veía siempre envuelto, sus lecturas en el Ateneo, las sentadas mañaneras frente a las puertas de los ministerios donde se reía de la triste cara de los funcionarios, el Regina y sus contertulios, el café con leche (un invento castizo incomprensible), la pensión, el Prado, la crónica social y parlamentaria… y el inevitable devenir de todo lo que escribiría después.

Cierro el diario y, con él, este homenaje particular que un jovencísimo Josep Pla rindió a Madrid.

Si yo fuese un solitario viviría en las grandes ciudades. Considero, sin embargo, que el solitario es uno de los tipos humanos más ridículos que existen.

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