Tinder o la imposibilidad del matrimonio

Voy a hablar de los que creo son algunos de los problemas más acuciantes de una sociedad poco favorable para el matrimonio. Parece ser que vamos camino del déficit matrimonial. Es decir, se divorcian más personas de las que se casan. Aunque mi objetivo es explicar por qué creo que Tinder contribuye a este fenómeno -más que al divorcio a la merma de matrimonios-, lo que se sustrae de todo esto, más allá de los datos de divorcios y matrimonios, es la desaparición de la familia como principal institución de la sociedad civil.

Casarse es difícil en tanto que es complicado encontrar el amor completo y es complicado tomar la decisión de compartir tu vida con otra persona. Esto ha sido así siempre. Cuántos casamientos apañados habrá habido a lo largo de la historia. Nuestro mundo de hoy es muy distinto. El amor ya no es algo sólido que se transforma en una institución. El amor o el encontrar pareja son prioridades de los jóvenes, pero no para convertirlas en un matrimonio, en algo estable y con una forma más o menos determinada. Se concibe más bien como una forma de vivir: la búsqueda incesante de personas con las que quedar para liarnos.

La gente se hace Tinder porque se siente sola. Quieren ligar, tener sexo, encontrar pareja. Así que se hacen un Tinder o cualquier otra aplicación similar. Nunca antes había sido tan fácil conocer a un chico o una chica cada cinco minutos de cualquier parte del país y del planeta. Pero pongamos que, como la propia aplicación te aconseja, establezcas una demarcación, una limitación territorial donde encontrar a tu alma gemela. Un distrito tinderiano propio. Genial, un par de segundos de búsqueda y la aplicación se reinicia con el catálogo de hombres y mujeres que hay disponibles por tu zona. Lo siguiente es mirar el catálogo, marcar las que te gustan, y, si coincides, igual quedas para conocer a esa persona. Oh, pero tienes coincidencia con otras ocho personas más. Bueno, pues quedas con las nueve. De las nueve te gustaron tres. Así que vuelves a quedar. Puede que de manera recurrente estés un tiempo quedando con las tres, y mientras tanto sigues mirando Tinder por si apareciera alguna persona nueva. ¡Vaya! Hay tres chicas nuevas por tu zona. Intentas coincidir con ellas dentro de la aplicación. Te dicen que sí, así que conciertas cita con ellas. Para cuando pase esto ya habrás perdido el interés en alguna de las tres con las que te estabas viendo antes. En este proceso de perder el interés pasan cosas. La otra persona puede también perder el interés o puede tomarse mal que lo pierdas tú porque le gustabas. Ah, estas son las normas del juego. La tristeza del otro importa poco. No hay hojas de reclamación para la tristeza.

Llegas a la oficina y les comentas a tus compañeros que el fin de semana pasado quedaste con una tía de puta madre. Obviamente, si ellos están al día de cuantas citas has tenido los últimos dos meses, no tendrán ni idea de a quién te refieres. ¿La morena? ¿La que trabajaba en Mercadona? ¿La francesa?… Puede que incluso tú tengas dificultad para saber quién es la tía de puta madre. Pongamos que sabes a quien te refieres y hablas de ella sin parar, porque os conocisteis y hubo conexión. ¿Qué harás cuando la app te diga que hay otras tres chicas activas para ligar por tu zona y ya han dicho que les gustaría conocerte? ¿Sera suficiente para ti seguir quedando con la tía de puta madre o quedarás con las nuevas porque tal vez alguna de ellas sea más de puta de madre todavía?

Sinceramente, me parece un milagro que la gente joven tenga novio o novia hoy en día. Un novio; un novio, novio es un milagro. Siendo esto así entre la gente de un intervalo de edad bastante amplio, no olvidemos que los divorciados también buscan nueva pareja, no me extraña que los matrimonios vayan a la baja mientras los divorcios suben. Cualquier compañero de trabajo de este muchacho que queda con tantas chicas de puta madre, puede estar casado y harto de quedar siempre con la misma. Puede que piense en divorciarse y emprender el camino de jugar a conocer chicas en una ratio de 100 kilómetros a la redonda.

Cada uno se presenta al mundo desde la perspectiva de sus pensamientos y sentimientos. Por eso yo soy yo, y tú eres tú. Y desde esta individualidad nos enfrentamos a lo más importante de la condición humana: responsabilidad, moralidad, le ley, las instituciones, la religión, el amor y el arte (según Roger Scruton). Es importante tener relaciones satisfactorias que nos ayuden a comprender mejor quiénes somos, qué nos gusta, qué queremos en la vida, cuáles son nuestros valores, a qué ley me someto, cuál es mi moral… Pero un abuso o un uso descontrolado de ellas, hará que nuestra satisfacción sea cada vez menor y nuestra conciencia del yo estará cada vez más difusa. Y al otro, a la persona con la que nos relacionamos, le prestemos menos atención.

Una oferta casi ilimitada de satisfacciones por consumir. ¿Cómo pensamos que, desarrollando así nuestra veintena o incluso treintena, a los cuarenta años podamos estar casados y vivir toda nuestra vida con la misma persona, tener hijos y asumir los compromisos que conlleva? A mí, francamente, me resulta difícil de comprender. 

Ahora bien, sin estas aplicaciones cómo conocemos a personas y tenemos probabilidades de enamorarnos y tener pareja. No tengo ni idea. Y creo que es uno de los mayores males del mundo moderno: dónde encontramos a nuestras parejas. Nos queda la universidad, pero somos demasiado jóvenes. Los compañeros de trabajo. Amigos de amigos que te presentan en una fiesta. Las redes sociales. Y poco más.

No digo que no se formen y consoliden relaciones sentimentales estables en este tipo de servicios. Hay casos de historias que han funcionado, pero no son la mayoría ni mucho menos. Por eso me limito a exponer los problemas.

No hay que ser un experto para darse cuenta de que esto supone un cambio de paradigma. Y, si esta forma de relacionarnos se prolonga muchas más generaciones, nos veremos rodeados de personas de más de 50 años, solas, ya medio decrépitas, mutiladas anímicamente por la inestabilidad laboral y la precariedad económica, sin relaciones sexuales satisfactorias, sin el placer de la familiaridad y sin descendencia. Y entonces añadiremos a los grandes problemas de la sociedad el suicidio.

¿Una solución? No tengo. Se me ocurre no ser gilipollas y no quedar con seis personas en un mes. Se me ocurre dejar de tratar a las personas como si fueran repuestos. Se me ocurre valorar lo que tienes en casa y no echarlo a perder por follarte a una tía buena que se te cruzó un día. Se me ocurre no ser gilipollas como para no saber cuáles son tus valores, qué quieres en la vida, cuál es tu relación con la moral, la ley, la institución del matrimonio y el amor. Se me ocurre, por tanto, dejar de comportarnos como gilipollas.

Volver a los pueblos o a la ciudad chica. Hacer vida comunitaria donde de repente aparece alguien que te gusta y lo invitas a un café. Una persona de carne y hueso que no encontraste en un escaparate. Algo así ya parece que sólo nos lo encontramos en las novelas o en las películas. Las ciudades grandes, donde tienes barra libre en el distrito tinderiano, sin apenas contacto con tu familia extensa, y con una precariedad de vivienda y laboral brutales, me parecen hoy focos de germinación de la absoluta soledad.

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